lunes, 9 de agosto de 2010

LA MASACRE DEL PRÍNCIPE

La masacre de El Príncipe el Primero de agosto de 1958

por Giraldo Mazola

Tres compañeros asesinados y más de una veintena de heridos fue el trágico saldo de una de las páginas represivas más sangrientas de la capital.

Las causas de esa masacre hay que ubicarlas en el contexto de aquel momento, en el flujo y reflujo de la lucha revolucionaria que conmovía al país. La ofensiva de la dictadura contra la Sierra después del fracaso de la huelga de abril se había transformado en una contraofensiva de las fuerzas revolucionarias.

Allá, en lo que se convirtió en el frente principal, el curso de los acontecimientos tomaba el derrotero irreversible que condujo a la victoria el Primero de Enero de 1959; se estaba decidiendo el futuro y la tiranía, aunque sus personeros no lo percibieran, estaba estratégicamente derrotada.

También todavía, para muchos de los combatientes del llano, no se apreciaba así el desarrollo de los acontecimientos y valoramos entonces esta represión bestial como parte de la naturaleza criminal de la dictadura.

Teníamos informaciones fragmentadas de lo que estaba ocurriendo pero conocimos después la valoración del Comandante en Jefe sobre el vuelco definitivo del curso de la lucha lograda con tantos sacrificios, cuando dijo, el 7 de agosto, por Radio Rebelde:

“La ofensiva ha sido liquidada. El más grande esfuerzo militar que se haya realizado en nuestra historia republicana, concluyó en el más espantoso desastre que pudo imaginarse el soberbio dictador, cuyas tropas en plena fuga, después de dos meses y medio de derrota en derrota, están señalando los días finales de su régimen odioso. La Sierra Maestra está ya totalmente libre de fuerzas enemigas.”

Ahora, al anunciar su libro “La victoria estratégica” añade:

“La derrota de la ofensiva enemiga, después de 74 días de incesante combate, significó el viraje estratégico de la guerra. A partir de ese momento la suerte de la tiranía quedó definitivamente echada, en la medida en que se hacía evidente la inminencia de su colapso militar.”

A fines de julio el ambiente de la prisión de El Príncipe, enclavada en el centro de la capital, se estaba caldeando. Más de 600 detenidos en prisión preventiva y una cincuentena de condenados en espera de su traslado a la llamada cárcel Modelo de Isla de Pinos se hacinaban en sus galeras. La designación de algunos jueces para que condenaran a los centenares de prisioneros en detención provisoria y remitirlos a la lejana y aislada Isla de Pinos, fracasaron por el enfrentamiento de los que eran presentados a juicio convirtiéndose de acusados en acusadores.

El coro de cientos de voces con que cantamos a medianoche del 25 de julio y al amanecer del 26, el Himno Nacional y el del 26 de Julio retumbó en el centro de la capital. Los visitantes al siguiente día lo comentaban. Eso nos entusiasmaba pues nos parecía que éramos copartícipes en lo que podíamos de lo que hacían los que estaban fuera, pero irritaba a los sicarios. El 31 de julio la dirección del penal trasladó arbitrariamente a la cárcel del propio Castillo a una treintena de prisioneros del Vivac, aludiendo dicho hacinamiento aunque allí las condiciones no eran mejores. Parecía que querían descabezar la dirección interna que teníamos o poner a los que sus confidentes consideraban más revoltosos en condiciones de mayor control.

Se produjo el 1ro. de agosto una situación explosiva por la suspensión de las visitas con el pretexto de un incidente ocurrido en la cárcel. Desde allí nuestros compañeros nos demandaron que los secundáramos en las acciones que iniciaban porque habían maltratado a los visitantes que acudieron ese día y la protesta originada abajo se extendió al Vivac. Tanto allí como en la cárcel se bloquearon los accesos, se empezaron a quemar colchonetas, se desarmaban literas para disponer de tubos con que defendernos y se demolieron paredes internas para tener proyectiles.

Los esbirros más connotados de la capital acudieron con la flor y nata de sus asesinos y la balacera contra los ventanales del Vivac y la galera de nuestros compañeros en la cárcel se incrementó.

Cuando los sicarios penetraron al Vivac, llegaron con sed de venganza hasta el llamado cruce de los Cuatro Caminos. Allí, un cabo del SIM convertido meses después en teniente, asesinó con una ráfaga a quemarropa, en la entrada de la galera dos a Vicente Ponce Carrasco, penetró en el cubículo rematándolo y disparando a mansalva contra todos. Otros esbirros lo secundaron. Roberto de la Rosa cayó fulminado instantáneamente y Reinaldo Gutiérrez, con varios impactos en el pecho, avanzó hacia ellos hasta que se desplomó. Un grupo de heridos yacía entre las literas mientras instintivamente otros tratan de agazaparse eludiendo la plomiza. Los sicarios disparaban hacia los parapetos del comedor y se aprestaban a avanzar para repetir la matanza.

Al fin detuvieron el tiroteo contra los detenidos desarmados y permitieron que los heridos y muertos fueran trasladados a la enfermería. Sacaron a los presos de esas cuatro galeras del Vivac, los empujaron hacia el comedor, obligándolos a quitar los parapetos y condujeron a todos hasta el pequeño patio final donde una decena de policías montaron simultáneamente sus ametralladoras intimidando y amenazando con continuar la masacre.

Abajo, en la cárcel, igualmente penetraron en los recintos, con insultos y golpes obligaron a retirar los parapetos y a limpiar. Allí estaba detenido uno de los máximos dirigentes del Movimiento 26 de Julio, Armando Hart, en espera de ser enviado a la Prisión Modelo de la Isla de Pinos, capturado cuando fungía como Coordinador Nacional del Movimiento y a quien estamos celebrando en estos días sus prolíficos 80 cumpleaños. El resto de los compañeros, entre ellos Rogelio Iglesias Patiño, Pao, lo protegieron de un ensañamiento.

Pao sobrevivió a aquella matanza pero fue asesinado años después cuando la CIA detectó que haciéndose pasar como contrarrevolucionario era un agente de la Seguridad Cubana que había logrado penetrar los grupos terroristas en Miami.

Han transcurrido cincuenta y dos años de aquel hecho y los sueños de cambios revolucionarios que los llevó a la cárcel y por los que cayeron allí Vicente, Reynaldo y Roberto se han realizado. De sus compañeros de prisión varios como Pao han caído en los ulteriores combates por alcanzar esos mismos sueños y muchos otros ya llegaron al final fecundo de sus días.

Esos tres compañeros no pudieron oír el parte del Comandante en Jefe después del combate de Las Mercedes pero presentían y anhelaban el fin victorioso.

Los que aún quedamos estimamos que todos, los que no vieron el amanecer y los que contribuyeron a consolidarlo después y ya no están entre nosotros, como los que cayeron en aquellos 74 días de combates en La Sierra, son enhiestas banderas para la nueva oleada de jóvenes que nos sigue con idéntica voluntad.


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