lunes, 9 de agosto de 2010

SEGUIMOS EN VEINTISEIS

¡Seguimos en 26!

Por Lohania Aruca Alonso

Dentro de pocos días arribaremos al 57º aniversario de una fecha que es parte de la Historia de Cuba, del Caribe, de América y Mundial: el 26 de julio de 1953, día en que sucedió el asalto militar revolucionario contra la dictadura de Fulgencio Batista y Zaldívar y sus secuaces – asesinos, esbirros y ladrones, en su gran mayoría- traidores todos contra la nación y el pueblo cubano. Los combatientes revolucionarios, hombres y mujeres (en el contexto actual, sus enemigos aún los denominarían “terroristas”, a secas, en los medios masivos de propaganda burguesa, más que de la información), se lanzaron contra dos importantes enclaves militares de la dictadura: los cuarteles “Moncada”, en la hoy Ciudad Heroica de Santiago de Cuba y “Carlos Manuel de Céspedes”, en la Ciudad de Bayamo, también heroica, pues fue incendiada antes que entregada al enemigo, y también en ella se fundaron los símbolos de la patria cubana al inicio de la primera Guerra por la Independencia Nacional o Guerra de los Diez Años (1868-1878).
A pesar de que, al comienzo de este artículo, nos referimos a un hecho militar que fracasó, y fue salvajemente reprimido, esto ya es bien sabido, la acción marcó un hito notable en su proyección histórica posterior, tanto para el reconocimiento nacional e internacional de sus líderes, como para el modo de ver, analizar y llevar adelante una solución de ruptura profunda (revolucionaria) con la república existente, cuyas bases jurídicas esenciales recogidas en la Constitución de la República de Cuba, vigente desde el 10 de octubre de 1940, habían sido violadas de forma escandalosa por el gobierno dictatorial de Batista.
Más allá de este último, principal protagonista y responsable de la tragedia cubana, existió la política liberal ultra reaccionaria, demagógica, corrupta y sumisa a los intereses de dominio total del país por parte del poderoso vecino del Norte, los Estados Unidos de América. Fue implantada desde la proclamación de la nueva nación americana y caribeña el 20 de mayo de 1902, mediante la Enmienda Platt, y la complicidad de los politiqueros “plattistas” del patio. De este modo se había destruido la esperanza de libertad, independencia y democracia para Cuba a través de acciones liberales. A esa altura de la evolución histórica, que había intentado rebasar la Revolución de [19]33, sin éxito alguno, no existía la más remota posibilidad de rectificación y avance por la vía de la lucha política pacífica.
Únicamente a través de la inmolación de sus héroes y heroínas, del sacrificio ante el altar patrio por parte de varias generaciones de patriotas cubanos -justo en el año del Centenario del Natalicio de José Martí- sería posible el rescate del país, de nuestros recursos básicos para construir una nación independiente y soberana, que perteneciera a los cubanos y las cubanas, con una nacionalidad y cultura que respetara la dignidad plena del hombre, y que se consolidara por el arduo y sostenido trabajo de las generaciones que entonces vivían y las futuras.
Los objetivos y fines sociales de aquel 26 de julio, se plasmaron poco después en el llamado Manifiesto de un movimiento político y militar que se auto tituló con la misma fecha de su acción inicial fracasada; cuya bandera roja y negra pudo ostentar, desde entonces, un lema familiar para todos los cubanos: “Convertir el revés en victoria”.
El 26 de julio en Cuba, significa en la Historia, algo similar a lo que fue el 14 de julio de 1789 en Francia: junto a la toma de un bastión de la reacción, tuvo lugar una toma de conciencia de la necesidad de la lucha popular, por todos los medios y vías posibles, para derrotar una época ultrapasada que pretendía eternizarse. En Cuba, el coloniaje español se padecido por más de tres siglos, fue derrotado, pero intentó transfigurarse con la máscara del neocolonialismo. Perpetuar la colonia plantacionista esclavista[i][i] fue el sueño del maridaje entre españoles y yanquis que se debatió en el Tratado de Paris de 1899. Dejaron fuera a los mambises, a los cubanos de la emigración revolucionaria, y hasta a la Iglesia Católica, cuya función mediatizadora de la conciencia de la rebeldía ante la injusticia, por la liberación total del hombre y la mujer, entonces les pareció obsoleta y sustituible por otras religiones, más cercanas y afines a la tradición puritana de los estadounidenses.
Del 26 de julio de 1953 al desembarco del yate “Granma” el 2 de diciembre de 1956, y desde ese momento hasta la victoria final del 1º de enero de 1959, transcurrieron cinco años, más algunos meses y días, de una lucha extremadamente desigual y cruenta. No hubo tregua.
La generación de jóvenes y menos jóvenes que nos unimos casi espontáneamente a los insurrectos “barbudos” cuando se alcanzó el triunfo de la Revolución Cubana, también ha sumado 52 años más a la edad que teníamos en el momento de aquel punto de partida colectivo, que fue definidor y definitivo para nuestras vidas. También, en muchos casos, lo fue para la vida de nuestros hijos e hijas, y de los nietos y nietas que hoy disfrutamos. Así es que, una vez más, teniendo en cuenta las breves historias de vida de cada cual, la certeza de una sentencia del inolvidable presidente angolano Agostinho Neto, de la que nos apropiamos para siempre en algún momento: “La lucha continúa, la victoria es cierta”.
La Habana, 10 de julio de 2010.


[i][i] La abolición de la esclavitud en la Isla de Cuba, fue concedida oficialmente por el gobierno colonial en octubre de 1886. Habían pasado 8 años desde que el Pacto del Zanjón puso fin a la Guerra de los Diez Años, independentista, anti esclavista y abolicionista, y de ocurrir la Protesta de Baraguá. Nueve décadas (92 años) después de la proclamación que hiciera la Convención francesa el 4 de febrero de 1794, en París, de dicha abolición, a solicitud del diputado negro, ex esclavo de Saint-Domingue, Bellay. (Ver C.R.L. James, Los Jacobinos Negros, Toussaint L´Overture y la Revolución de Saint-Domingue, Casa de las Américas 2010, tomada de la 2ª ed., rev., 1963, pp. 103-104).

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